Luego de su gran actuación en la serie con Kazajistán, Lourdes renace de celeste y blanco.


El fin de semana pasado no va a ser uno más en la vida de Lourdes Carlé. Porque después de algunas idas y venidas en el circuito, pudo demostrar con resultados lo que muchos pensamos de ella.

Tras su paso por el tenis universitario, y un 2020 en donde acumuló tres de sus siete títulos, la marcha de Lourdes a su recuperación no tardaría en llegar. Y así fue.

Venciendo a dos jugadoras establecidas dentro de las treinta mejores del planeta en la serie de BJK Cup contra Kazajistán, Lourdes se impuso a Elena Rybakina, una antigua rival del circuito junior, en tres sets y, luego, a la irascible Yulia Putintseva.

Pero más allá del valor histórico que tienen las victorias en sí, hay algo más importante que traza el tenis de Lourdes: volvió. Y esa búsqueda tiene que ver con muchas cuestiones; con encontrar el espíritu de campeona que la supo ubicar dentro de las diez mejores juveniles del mundo y la condujo a liderar todas las categorías nacionales.

Jugar como ella no es fácil. En un circuito que poco a poco se está transformando, pero en el que dominan las tira bombas. Carlé tiene un juego de variantes, drops, revés con slice cortos, passings, etc. Un manual para enredar a cualquier jugadora si el punto dura más de cuatro pelotas.

Jorge y Claudia (padres de Lourdes), miran desde la tribuna. Y mientras Claudia aplaude, a Jorge se le cierran los puños. La nena de dos colitas, “la heredera” del espíritu de Gabriela, levanta los brazos, después de correr no sé cuántas bolas imposibles.


Astuta, respetuosamente irrespetuosa, buena mina, divertida, así es Lourdes Carlé. Así vive el tenis, y nosotros con ella. Le tocó a ella. Fue su semana. Tal vez no alcanzó para ganar la serie, pero sí para traer de nuevo a Lourdes a casa.