David Ferrer, un chico con el sueño de ser inmortal. Sus limitaciones no lo hicieron bajar los brazos, no decidió enfocarse en estas sino en ponerse el overol, y a trabajar.

Como le habían inculcado sus padres desde su infancia. David tenía una lista en su cuarto, como el preso que tacha los días para poder ejercer su libertad, estar en paz. Pero David no tachaba días sino nombres. Los nombres que no lo dejaban dormir, sus peores pesadillas, los rivales que jamás había podido vencer.

A lo largo de los años, este legado de trabajo fue dando frutos. Este chico con su lista en la pared, con sed de ser el mejor, fue desafiando a los números. Y aunque con un temperamento que en su adolescencia le trajo dificultades, nunca se saco el overol, logrando llegar a estar en el top 5 del mundo.

La lista se iba achicando cada vez más, los años pasaban y hasta se daba el lujo de vencer al propio Rafael Nadal, nada menos que su compatriota, el mejor tenista de la historia según algunos, sobre polvo de ladrillo. Número uno del mundo y campeón de 10 Roland garros.

A sus treinta y cinco años, luego de una exitosa y larga carrera, la lista de David continúa en su habitación, impregnada a la pared, sucia y llena de polvo. Ferrer ya es un hombre realizado, luego de haberlo dado todo durante décadas, pero hay un solo nombre que permanece mirando de reojo en aquella lista antes de irse a dormir. Se llama Roger Federer.

A David no le faltaron chances de poder tacharlo, ya que hoy es la vez número diecisiete en la que se miden cara a cara. No hace falta aclarar el resultado de las dieciséis anteriores. Muchas veces lo tuvo cerca, en la palma de su mano, pero el que tiene en frente no se trata de cualquier rival.

Hoy prendo la tele como el fanático del tenis que soy, y me encuentro con una sorpresa, Ferrer se acaba de llevar el primer set 6-4. Siempre hincho por Roger, pero al conocer todos estos datos pienso en el fondo, ojalá se le de. Llego el día. Ferrer después de quién sabe cuantas décadas va a poder dormir tranquilo. Me quedo mirando el partido, un partido que veo desde que tengo conciencia, ya que Roger no solo no acaba de surgir en el circuito, sino que es más grande que Ferrer, tiene 36 años, y hace 20 que vino para quedarse. A medida que pasan los games empiezo a entender porque Federer pudo quedarse. No está jugando su mejor tenis, ni siquiera parece estar jugando bien. Sin embargo en su cara veo la tranquilidad, de que sabe que no le hace falta. Ferrer lucha, grita y corre, a sus 35 años, igual o más que las dieciséis veces anteriores que se enfrentaron. Pero Roger, sin despeinarse, gana el segundo set y se pone arriba en el tercero. Cambian de lado, y en el banco está David, sentado. Dispuesto a seguir corriendo y pensando al mismo tiempo en la lista que está colgada en su cuarto, hace nada menos que 30 años. Con un solo nombre sin tachar. Soñando con el día en que esa lista esté preparada para romperse, y todavía después de tantos años, pensando en que ese día va a llegar.
Pero creo que en el fondo ya lo sabe, ambos lo saben bien. Puede que ese día llegue, pero yo también lo sé. Todo el público presente lo sabe, los jueces, los ball boys, el juez de silla.

David aprieta los dientes, el puño. Sigue corriendo, alentándose. Confiando como el primer día. Ojalá algún día esa lista sea digna de romperse. Roger saca para partido, una vez más estuvo cerca, quizás más cerca que nunca. David lo mira desafiante, directamente a los ojos. Hablándole a través de ellos, tratando de transmitirle un poco de miedo. Está de pie, luego de haber sido derrotado una y otra vez, lo mira con rabia, preguntándose cuando será el día en que la lista ya no tenga ningún nombre. Roger lo mira con calma, preguntándose cómo su rival hizo para levantarse siempre, cuanto veneno habrá tragado, y pensando en cada noche larga que tuvo que haber pasado por su culpa.

La lista sigue esperando, sobre la pared de su cama, tan paciente como el propio David, y con la misma esperanza. Ambos soñando con el mismo día en que todo acabe, con un nombre que ya pesa más que el concreto. Pero la lista y David se volverán a ver las caras, volverán a pasar una noche larga, y seguirán soñando con ese tan preciado día.
Una vez más, una decimoséptima vez más, no será hoy.

Por Ian Fligler