El austriaco venció a Alexander Zverev y conquistó su primer título en Grand Slam.


La final de un Grand Slam siempre es especial por diferentes cuestiones. Y más si se busca coronar por primera vez a un nuevo campeón. Y más si se disputa en medio de una pandemia. Y más si se trata del ganador que inaugura el palmarés grande de una generación que lo necesitaba, que mal que nos pese, ya se abre camino entre los históricos. Sin Federer, Nadal ni Djokovic en el partido definitorio en el US Open 2020, el logro del incansable noventero Dominic Thiem es digno de colocar en una línea de tiempo cuyo punto de inicio se acaba de escribir en la noche de un Arthur Ashe en donde el silencio fue ensordecedor.

La estadística negativa de Thiem en finales de Grand Slam antes de ingresar al court (0-3) era un escollo que el mismo austriaco debía doblegar mentalmente para no jugar con un peso extra, algo que seguramente fue clave para que Alexander Zverev pueda llevarse los dos primeros sets con relativa facilidad. El alemán, por su parte, se desligaba de esa mochila de “responsabilidad” que si cargaba Dominic. Primerizo en este tipo de partidos, Sascha dominó los primeros parciales a partir de un muy buen saque y aprovechando las desatenciones de su rival, extrañamente errático y desconocido en su juego.

Tras una leve levantada del pupilo de Nicolás Massu en el final del segundo parcial, Thiem los papeles se emparejaron, Thiem ganó el tercero con un Zverev más generoso y allí comenzó la remontada que finalmente se haría efectiva luego de tres match points en el tie break final del quinto set. ¿Culpa de Zverev? ¿Premio a la perseverancia de Dominic? O simplemente, ¿una final aburrida?

El cambio de década se inaugura oficialmente en el circuito con el primer austriaco de la historia en levantar el trofeo en Flushing Meadows. Sí este fue el US Open más desvalorizado de todos, poco le importa a Thiem, el elegido para abrir camino a una nueva era en el planeta tenis. Hay que aceptarlo.

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