Un jugador está en Europa; jugando una serie de futuros. La gira no viene bien, y las cuentas no dan. Apenas jugando sus compromisos de Interclubes, tendría el dinero suficiente, para volver a casa con algo de gloria, aunque sea monetaria. Del otro lado del teléfono está la tentación, la persona que le ofrece perder en dos sets su último compromiso de la gira y poder darse un “gustito”, comprarse una nueva notebook, un iphone, etc. El jugador acepta y entra en el juego. En el juego de las apuestas.

Muchos, de punta a punta del planeta, apuestan. Gastan mucho dinero, para satisfacer el vicio del juego. Y lo que antes parecía simpático y un símbolo de status, hoy es una salida laboral. Los otros actores, son los jugadores, hambrientos de dinero, siempre con números en rojo, dejando pasar oportunidades por no tener los medios necesarios; un matrimonio por conveniencia que poco a poco mata al tenis.

Océano por medio, otro jugador vive sus últimos días en el tour, con hijos y más responsabilidades que sus jóvenes competidores, su tiempo gloria ha pasado. Ha llegado a ubicarse dentro de los trescientos del mundo, pero su cuenta bancaria tiene pocos dólares. Decide comenzar a apostar, pero no puede darse el lujo de perder partidos. Prontamente encuentra una solución, perder solamente el segundo set, perder todos los segundos sets, y reparar años de sequía. La historia termina con una suspensión de por vida.

En este contexto, la Federación Internacional de Tenis, sale a la caza de los “inmorales jugadores” (teniendo como sponsor oficial a una casa de apuestas), sancionando a árbitros por no enviar su live score a tiempo (sin esto las apuestas no podrían existir). Mirando de reojo la situación, toman medidas, achicar el circuito de dos mil a setecientos cincuenta jugadores (medida que se tomará en él 2019), para eliminar esta rueda de jugadores, scores y apuestas.

Lamentablemente han llegado tarde, la infección se ha diseminado y aún los jugadores honestos, muchas veces se ven amenazados en sus redes sociales o rozados por el comportamiento de un rival sospechoso.

La ATP, la WTA y la ITF reciben millones de dólares por regalías en apuestas. Pero los jugadores no reciben nada. Ganan en nombre de ellos, pero no reciben nada.

¿Y si cada jugador, firmara un petitorio para que en sus partidos no se pueda apostar? Ummm, ¿Qué pasaría con el negocio?

Lo que fuera un deporte de caballeros, hoy poco a poco se está transformando, en una mezcla de transpiración y especulaciones.