Argentina celebra nuevamente la oportunidad de poder jugar su ascenso al grupo mundial. Del otro lado de la red, un equipo joven, con dos grandes jugadores y con la peor federación del planeta.


Listo, está hecho, ganamos. Ya no importa si es el quinto, en el tercero o en el cuarto punto. Ya no importa si elegimos mal la sede, si estuvieron bien o mal elegidos los jugadores. Ya no importan las ausencias, ganamos. Ganar es como una lobotomía cerebral, que quita toda capacidad crítica.

Pero lo cierto es que nuestros rivales presentaron un equipo más que digno. A pesar de que Chile no tiene Federación, o eso pareciera. Después de que su presidente huyera como un dictador derrocado con la cola entre las patas con denuncias de corrupción incluídas.

Después de la era de oro del tenis chileno, con medallas olímpicas en su vitrina,  trabajaron la idea de su renovación. En un primer momento salió mal, ya que los jugadores que surgieron eran pobres y eso en Chile es mala palabra, dejando como único sobreviviente a Hans Podlipnik, doblista del equipo.

Con un gran esfuerzo de los padres y los clubes de los jugadores, apareció una nueva camada, un campeonato mundial de 16 años y varios nombres. Un nuevo grupo de chicos: Lama, Jarry, Garin, Barrios Vera, Tabilo. Casi como un milagro y en contra de todos los dirigentes, que hicieron los méritos para que el tenis chileno desaparezca, estos chicos brotaron y ya están ahí, muy cerca de los buenos.

Perdieron, pero perdieron de pie. Con una altura y un señorío digno de grandes jugadores. Atrás quedaron los sillazos y los papelones.

Estos chicos, que son más que amigos de los nuestros en el circuito, y más de una vez nos han dado una mano, tienen todo para crecer y para no estar como rivales sino como compañeros en el grupo mundial.