A veces los ganadores de la guerra son los más perjudicados, y esto fue lo que pasó en los Estados Unidos. Como hormigas en un hormiguero, los jugadores de Europa del Este salieron al mundo. Para ese entonces, la única referencia de occidente del talento más allá de la cortina de hierro, eran unos pocos jugadores rusos y el enclave checo. Las academias de tenis de España y Estados Unidos recibieron con los brazos abiertos el talento y, sobre todo, el dinero fresco de dudosa procedencia que venía del otro lado del planeta. De este movimiento tectónico, surgieron dos figuras que cambiarían el balance natural que impuso Estados Unidos: Marat Safin y Anna Kournikova.
Safin era un nadador con una raqueta en la mano, un físico esculpido y todos los números para ser “el próximo”. Y Anna era Anna. La única jugadora que supo vivir con un reflector que la seguía las 24 horas del día. Adidas adelantó la jugada y le puso su sello a las dos futuras promesas.
Fortalecida por su nuevo posicionamiento en el mercado, y resurgida por el encantamiento de los jóvenes, por su línea de ropa casual “adidas originals”, la marca alemana se anglicaniza y al ritmo del Brit Pop vuele a la carga, sumando a su equipo grandes proyectos del tenis sudamericano: Coria, Zabaleta, Puerta, Chela, Massú, González. Hasta se dieron el lujo de contratar algunas viejas glorias y comenzar con el mercado asiático de la mano de Paradorn Srichphan. Adidas había cercado con 13 jugadores dentro de los primeros cincuenta del mundo a Nike que debía sostener contratos costosísimos de sus viejas figuras.
Con Estados Unidos fuera del mapa de tenis, Nike comienza con una política que le daría mucho éxito hasta el día de hoy. Contratar ganadores de Gran Slams. Ya no importaba quien ganaba Roma, Monte Carlo o Paris Bercy. Ellos fueron por los grandes. Y así como Adidas buscó inundar el mercado, Nike se replegó en sus viejos conocidos y en sus nuevas apuestas: Ferrero, Hewitt y uno que pintaba bastante bien: Roger Federer.

Dispuestos a borrar de la faz de la tierra a su colega alemana, Nike sigue apostando a crear rivalidades entre sus discípulos. El conservador y el trasgresor, la rubia y la morena. Federer y Nadal, Serena y María. La pelea ya no estaba al frente sino dentro del patio de la casa. De la gloria publicitaria de Agassi y Sampras, a tener todo. La marca americana estaba por segunda vez en la cima.
Entrando en la era cuasi-monopólica, Adidas cambió algunas fichas para renovarse, reemplazando a Graf por Martina Higins, posteriormente por Justine Henin y contratando a Andre Agassi. Un golpe al corazón, que duraría poco tiempo, ya que Nike no iba a dejar que su gran figura se saque sus últimas fotos con un físico decente con la marca de las tres tiras. Firmas como Reebok y Diadora fueron desapareciendo del mercado, mientras que otras se llamaron a silencio como fue el caso de Sergio Tachini que siguió tratando de curar sus heridas después del juicio millonario que le hizo Higins acusándolos de sus problemas en los pies por el calzado que utilizaba en los primeros años de su carrera.
Las cartas estaban echadas, pero Nike buscaba dar el gran golpe.