Un día el tenis cambió. El mundo cambió. Cayó el muro de Berlín. Diez años más tarde Yevgeny Kafelnikov se convertía en el primer número uno del mundo proveniente del ex bloque soviético, al que seguiría María Sharapova (2005) en la rama femenina.

Las potencias se debilitaban. En los podios ya no figuraban ni australianos, ni franceses, ni americanos. España y Rusia, en una alianza involuntaria formaban la armada, y Sudamérica, por el lado de los caballeros, capitalizaban el legado de Kuerten y Rios.

Con este contexto, y con la industria del tenis en Estados Unidos aniquilada. No pasó demasiado tiempo para que los eternos mandamases del tenis, volvieran a repartir las cartas del juego.

Los organizadores de los torneos de Gran Slam potenciaron acuerdos entre sus federaciones, posibilitándole a los jóvenes jugadores de esos países poder jugar tres de los cuatro grandes en un año calendario, aún sin tener ranking para ello.

En él área técnica formaron nuevas estructuras de desarrollo, cambiaron autoridades, copiaron sistemas, mejoraron. Tal vez el caso más rutilante, fue el del tenis Británico, que de la mano de Judy Murray (si, la madre de Andy y Jamie) revolucionó el tenis de su país, de una forma tan inteligente que usó a su hijo para prescindir de su hijo.

En este contexto, nuestros chicos siguen, casi sin rumbo, viajando por el mundo. Pagando los tickets de avión más caros del planeta. ¿Hasta cuándo el talento resistirá tanta desidia? Posiblemente para “algunos afortunados” les llegue la suerte. Para la mayoría serán un nombre en otra generación perdida.

El tiempo pasa, el mundo cambia, y aquel muro que dividía el planeta en dos mitades, hoy rodea a Argentina dejándola sin posibilidades. El tenis nacional se ahoga señores, aunque todavía nos parezca que tenemos aire.