En tiempos donde los celulares apenas servían para hablar (lo que no era poco), y las cámaras de video eran unos aparatos enormes, ya en ese momento, existía la mirada del Otro como testigo fiel de un suceso irrepetible.  Seis sílabas eran la banda sonora de cualquier padre o madre de un pequeño hijo tenista que desde el interior de la cancha preguntaba a los gritos: “¿Me viste?”.

La tecnología ha cambiado, pero no la esencia que nos hace humanos. Somos porque hay alguien que nos mira. Somos porque una mujer nos pensó y nos dió un lugar en su deseo de que fuéramos su hijo. Somos porque un padre nos inscribió en su nombre.

En esto que parece un planteo remoto del psicoanálisis se apuntala la razón de existir de ese hombre que está afuera mientras el jugador, adentro, libra cada batalla. Es esa mirada que lo sostiene, lo fortalece o debilita, la que tranquiliza o incomoda. Son los ojos de ese Otro que sabe lo que es estar ahí. No se trata tan sólo de un estratega, de un técnico; es mucho más que un profe. Rafa (Nadal) sabe que puede ser un tío, Andy (Murray), una madre, Delpo, un espacio vacío, un sitio vacante, una búsqueda que aún no ha encontrado una respuesta.

Vos que estás leyendo estas líneas, alguna vez te preguntaste ¿quién es ese Otro que te mira cuando salís a la cancha, cuando salís a la vida?