El sorpresivo anuncio del retiro de Andy Murray encendió, una vez más, la polémica sobre las exigencias de un circuito profesional que debe repensarse en cuanto a su formato.

Si uno mira el calendario de torneos de hace 20 años, no dista mucho del que se presentó en 2018 y 2019, pero la intensidad física y la velocidad con la que se juega, sí se modificó sustancialmente en estas últimas dos décadas.

El abandono de la alta competencia por parte de Gustavo Kuerten por las complicaciones con su cadera, fue un aviso de lo que se vendría años después.
Las operaciones de Hewitt y Nalbandián; las múltiples lesiones de Nadal en sus rodillas; la seria complicación de Djokovic en uno de sus codos y la titánica batalla que dió Juan Martín Del Potro con sus muñecas –y ahora con su rodilla-, son el claro ejemplo de que la evolución de este deporte no está acompañada de una reforma necesaria en sus modos de disputa.

Calendarios más cortos; la no obligatoriedad de disputa de certámenes y una mayor atención al jugador profesional desde el ente que organiza el circuito –entre otros ítems- podrían ser el inicio.

Asimismo, sería interesante que se continúe avanzando en la modificación de la disputa de partidos en los Grand Slam. Si bien es cierto que se está trabajando para que todos los certámenes de esta categoría jueguen un tie-break en el set definitivo (Wimbledon, el US Open y Australia –mediante un match tie-break- poseen ese formato) no guarda mucho sentido seguir con cotejos a cinco sets.

Esta manera maltrata a los jugadores, y, además, muchas veces hace que sea tedioso ver un partido en televisión. No cierra por ningún lado, salvo para una costumbre instalada que no hace más que “romper” competidores.

Cuando se hace un negocio, las partes que negocian se deben ver beneficiadas, sino, deja de serlo. Entonces ¿Para quién es negocio un jugador roto? ¿A quién le sirve el retiro de una estrella a los 31 años? Hacerse estas preguntas puede ser el comienzo de un remedio definitivo contra esta enfermedad.

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