Era el 28 de enero del 2007 y nuevamente un chileno llegaba a una final de Grand Slam, Fernando González dueño de una derecha envidiable se encontraba en una nueva cita histórica, pero ante él estaba Federer. El resultado es conocido por todos, sin embargo, una sensación distinta ocurría en el ambiente ante la derrota y no fue una resignación o pesimismo previo (como ocurre cuando la selección juega contra Brasil o Argentina), sino una calma dulce por el espectáculo. 12 años más tarde, una crisis social y política tenía al país en llamas: autobuses quemados, supermercados destruidos, ministros rotando como piezas de ajedrez, conciertos cancelados, clases suspendidas, etc. Y justamente coincidía con la exhibición del tenista suizo ante Zverev. En redes sociales grupos de distintas tendencias llamaban a boicotear el partido y de esa forma visibilizar aún más el malestar social ante el mundo. Lo llamativo fue que en el momento en que todo estaba deslegitimado (partiendo por el presidente de la república) una sola voz se replicó en twitter y Facebook: “ni se les ocurra hacerle eso a Roger” decían justamente los que otrora llamaban a destruirlo todo; “con Federer no se metan” señalaban otros. Era como si la mayoría de mis compatriotas quisieran que el tiempo se detuviera un par de horas y que la tranquilidad fuera el escenario para ver la exhibición. Pero, ¿Por qué ocurría eso?, ¿Qué hace que un deportista extranjero provoque esa pausa? Mi respuesta es la siguiente: el sentimiento de lo sublime expresado en una serie de movimientos y golpes tenísticos es capaz de generar (como lo argumentó Kant) un encuentro fugaz con el infinito donde todo queda en un segundo plano, al menos, mientras dura esa función.
Lo anterior nos obliga a mencionar, de manera general, la diferencia que hace el filósofo alemán entre lo bello y lo sublime. Lo primero corresponde a la armonía entre el entendimiento y la imaginación frente a un objeto o acción que consideramos bella, es decir, nos damos cuenta de esas regularidades o principios estéticos (dibujos perfectamente realizados en un cuadro, por ejemplo) y la imaginación o metáfora que quiso poner el autor o que nos genera la misma obra. Una canción de Rock es bella, siguiendo esta perspectiva, porque somos capaces de valorar y entender el estilo, el ritmo, la letra, pero sobre todo la fantasía que se va desenvolviendo. Lo sublime, es otra cosa, y se da cuando no entendemos cabalmente aquello que estamos observando, lo sublime es un atentado contra la imaginación porque nos descoloca y nos perturba. Sin embargo, acá resulta una paradoja, pues según Kant lo que nos altera nos causa un placer o un agrado sin precedente. Es tocar con los dedos lo absoluto y beber el vértigo de lo infinito. Gracias a nuestra libertad, al menos, podemos captar esa idea.
Volviendo con Federer, cuando el tenista suizo jugaba en su más alto nivel la sensación en el espectador era de un shock prolongado, no habían respuestas, sólo preguntas: ¿Cómo fue capaz de lanzar ese revés paralelo ante Nadal en Wimbledon? ¿En qué minuto llegó a esa pelota imposible de Aggasi? Y así las preguntas se repiten en un horizonte de incomprensión. No era tanto el “qué hizo” sino “cómo lo hizo” lo que perturbaba. Lo sublime es esa confirmación de la distancia que tenemos los “mortales” de los genios, es la certeza que por mucho que nos esforcemos no haremos algo igual. Federer en ese terreno no es tanto un deportista, es más bien un artista. Similar al caso que ocurre, por ejemplo, con Messi. Creo (a riesgo de generar polémica) que lo mejor que le pudo pasar a él fue que Nadal y Djokovic lo superaran en Grand Slam, ya que despejada esa competencia nos quedamos con aquello que lo hace distinto, único e irrepetible: el llevar el tenis a un plano extradeportivo, a un plano poético. Incluso si Alcaraz o Sinner en unas décadas llegan a más de 20 torneos granes en nada cambia lo que anteriormente señalé.
Podrían contraargumentar algunos que la belleza es subjetiva y que muchos jugadores tienen en su historial jugadas asombrosas y efectivamente es cierto, incluso acá en Chile nos agrandamos con el Chino Ríos y su estilo de juego vistoso, pero hay dos cosas que señalar al respecto:
1. Los deportes en su esencia buscan la regularidad y la eficacia, no basta un torneo ni algunas temporadas.
2. Si la belleza es subjetiva, el sentimiento de lo sublime no lo es pues los sentimientos son universales y lo inefable o aquello que no se puede expresar por palabras es una experiencia que no distingue continentes, culturas o géneros.
Por todo lo anteriormente señalado es fácil entender las dos anécdotas del inicio, cada país y personas tendrá las suyas con Federer, pero también es fácil explicar el dolor y la tristeza que sentimos los sudamericanos con la retirada del tenista suizo, se va un trozo de nuestras vidas y se nos priva al mismo tiempo de quedar asombrados ante la pureza de esos golpes. Larga vida entonces a la nueva etapa que comienza Roger después de la Laver Cup y muchas gracias por regalarnos aunque fueran algunas horas el sentimiento de la eternidad.

Por Francisco Canseco Gómez.

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