Siempre intentaste. Siempre fallaste.
No importa. Intenta otra vez.
Falla otra vez. Falla mejor.

El tatuaje con la frase de Samuel Beckett que Stan Wawrinka tiene en el brazo parece ser un resumen perfecto de su carrera. La que para muchos podría ser considerada una carrera llena de éxitos. Para él no lo era tanto.

La mayoría de las veces no la pasaba bien dentro de la cancha. Conociendo su potencial. Habiendo sido campeón de Roland Garros Junior en 2003. Y entendiendo su desbordante talento.

Cuando el joven Stan irrumpió en el profesionalismo, parecía destinado a vivir a la sombra de los fantásticos. O al menos es lo que demostraba cuando los enfrentaba. Todos sabíamos de su potencial y de lo bien que jugaba al tenis.

Muchos lo acusaban de tener demasiado respeto contra los grandes. De arrugar en los momentos importantes. O de padecer esa famosa enfermedad tan popular por estos tiempos para los opinólogos de sofa en Argentina. De ser pecho frío.

Hasta 2013, sus 28 años, Stan Wawrinka había ganado tan sólo tres títulos (Umag, Casablanca y Chennai), todos ATP 250. ¿Cómo podía ser que un tipo tan talentoso pisando la madurez de su carrera profesional no había podido obtener mejores resultados que esos?

Su cabeza solía jugarle malas pasadas. Su irregularidad, las citas importantes, más el imponente brillo de los cuatro fantásticos en la era galáctica del tenis.

¿Qué hizo Wawrinka? Lo que la gran mayoría no hace. Remitirse a su tatuaje. De manera simbólica, al contenido me refiero. Decidió cambiar y, aún siendo grande, decidió creer, seguir aprendiendo, eligió no bajar los brazos. Optó por explicarle a los opinólogos de sofa que él era capaz.

Y que aunque llevaba mucho tiempo chocando contra la misma pared, todavía podía cambiar y todavía podía demostrarle a los demás (y a sí mismo) que siempre se puede. Que fallar es lo más natural del mundo, que perder se pierde todos los días pero no por ello hay que dejar de luchar, de buscar y de intentar.

Parte del título de Roland Garros, Wawrinka lo debo a Magnus Norman
Parte del título de Roland Garros, Wawrinka lo debe a Magnus Norman

Wawrinka entendió que fallaba y decidió fallar mejor.

Haber incorporado a Magnus Norman como entrenador fue el principio y la parte más importante del cambio. Porque fue desde ese momento en que apareció otro jugador. En realidad era el mismo, su técnica, sus golpes, ese fantástico y único revés a una mano… eran los de siempre, pero él ya no era el de siempre. Ahora estaba preparado para fallar, para perder, para equivocarse, para hacerse responsable y para luchar.

Entonces… empezó a fallar mejor que antes. En 2013 ganó el torneo de Oeiras, su primer título con Norman en el banco. En 2014 se consagró campeón del Abierto de Australia, consiguiendo su primer título de Grand Slam, derrotando a Novak Djokovic y a Rafael Nadal en su impresionante estocada al título. Luego llegó el Masters 1000 de Montecarlo, en dónde venció a su amigo, a su compañero y “al Jefe” (como lo llama él), Roger Federer. Ese mismo año, que fue el año pasado, Federer y Wawrinka le dieron la Copa Davis a Suiza por primera vez en su historia.

Los altibajos de Wawrinka no desaparecieron, pero eran interpretados por él, su entorno y por el mundo del tenis con otro sentido.

Su entorno, y el mundo del tenis hoy interpreta sus fallas desde otra óptica. Porque Stanislas Wawrinka, como tantos otros, que no son muchos, nos muestra una historia que es un ejemplo y un camino distinto.

No importa cuantas veces lo hayas intentado, porque la vida es eso; es intentar, es luchar, es nunca bajar los brazos, es fallar todos los días.

Es luchar por cada vez fallar un poco mejor.

No se puede fallar mejor de lo que falló Stan Wawrinka en la final de Roland Garros 2015.

(Fotos: Getty Images)

1 Comentario

  1. Hizo otro cambio en su vida, decidió separarse para decidir dedicarse por completo al tenis.

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