La dinastía del tenis ruso resurge en una posciberpunk Nueva York y Daniil Medvedev reescribe los anales del tenis.


Buceando en los confines archivos del US Open desde su instauración como asociación pre Era Abierta, llama muchísimo la atención lo exótico que parece encontrar un biotipo como el del ruso. En una época en la que se han dinamitado todos los pronósticos posibles; desafiando radicalmente en toda regla a los cánones del deporte, en la que es posible evolucionar, transformarse y reinventarse, el cénit tenístico y psicológico de este auténtico gigante se mueve al compas de la banda sonora Vangelis. La fotogenia de un tipo sacado de un comic que supera la realidad tal cual la conocemos. Con Daniil Medvedev esto es mucho más fácil. Es como un replicante que se cuela por las grietas del sistema Tyrell Corporation que, de momento, no ha encontrado la forma de defenderse.

Medvedev capitalizó la ansiedad de Djokovic en la tormenta perfecta y quedó en el Hall of Fame de los pasillos de Flushing Meadows. (Foto:US Open)

Y es que este cybor cuando hace esas rotulaciones no muestra fisuras; reinicia presión en tromba como si fuera Yevgeny Kafelnikov en el laycol de Australia en 1999; el Kozachok (danza) de Marat Safin ante Pete Sampras en los earlies 2000 o en la carpeta parisina; y el impacto en los traslados de Nikolay Davydenko sobre polvo de ladrillo. Gladiadores de partidos maratónicos. De aquella camada que supo cabalgar las estepas heladas de Copa Davis en tiempos de divinidades (Roger Federer, Rafael Nadal). Una generación que también erigieron Mikhail Youznhy, Igor Andreev y Dmitri Tursunov, y que sepultaba todo atisbo de remontada poética n el Olímpico de Moscú. Coliseo donde yace la bandera de La Legión (David Nalbandian, Juan Ignacio Chela, Agustín Calleri, José Acasuso) encabezada por Alberto “Luli” Mancini en el banco y liderada, nada más ni nada menos, que por un exultante Diego Maradona.

Pero carisma y calidad no es sinónimo de efectividad. Para domar a los grandes rivales en los grandes escenarios se necesita de una capacidad de serenidad categórica; un ejercicio de exhuberancia y clarividencia táctica que rompa con todas las concepciones académicas. Y el modelo Nexus-6 de Giles Cervara, indistinguible emocionalmente, fue fabricado para las gestas épicas. Es un mundo fantástico.

El moscovita es una rara avis, supera cualquier dialéctica a pesar de sus posturas heterodoxas: el drive no está sincronizado con la estadística, para entender la magnitud de su hazaña. Una complexión física tan fiable desde el fondo que acabó despojando de esa garra y carácter tan imponentes de la personalidad de Novak Djokovic (1°). Al punto de desbordarlo desplegando los ataques más letales de las bestias competitivas. Silencioso, discreto, pero contundente. Un tenis que forzó al balcánico a pecar de una pasividad excesiva ante los ‘gadgeto-brazos’ de un Deux Ex Machina. Ni Deckard podría haber hecho de sparring.

“Ahora sé cómo celebrar y los rusos saben como hacerlo. Ojalá no salga en las noticias.”, declaraba el campeón del Us Open (en un cumpleaños).

Predestinado a alcanzar la gloria más pronto que tarde, el número 2 del ranking ATP consagra la eclosión de la Next Gen devorando la resistencia de Nole y a un público absolutamente entregado a un ídolo disminuido desde lo físico y lo mental, evidenciando el relevo definitivo e insuflando una tremenda cachetada moral a sus coetáneos para abordar definitivamente la supremacía. Llevando a una leyenda a reconocer su propia humanindad. Relato que comparte Roy Batty con elocuencia en el último momento de su vida: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Una progresión continua, repleta de trabajo, humildad y paciencia, nuestro Erling Haaland: voraz, indescriptible, inédito; dándose un homenaje de figura mitológica y labrando el espíritu de quien escribe esta crónica.

“Voy a subir la temperatura de la Arthur Ashe el domingo, lo daré todo..”  

Seguramente sí vendrán jugadores que lo perpetúen y nos recuerden a él. El hombre que hizo de la bioingeniería algo espontáneo; prendiéndole fuego a la discusión por el GOAT del tenis. Está en otro punto de la gráfica. Con ventajas muy difíciles de reducir ahora mismo porque en el top ten (Alexander Zverev, Stefano Tsitsipas, Matteo Berritini, Andrey Rublev) no parece haber tuerca que lo oxide. Juega a otra cosa.

La ciudad utópica que flashearon Phil Dick, Ridley Scott y Denis Villanueve, mientras Deckard se percataba del unicornio de origami, descansa en un hibrido genético que hace cosas que yo daba por imposibles. La raqueta como extensión de un ENT (árbol) de El Señor de los Anillos. El anhelo inexorable de este tentáculos inamovible e impenetrable a nivel tenístico e intelectual, confirmaron en el Arthur Ashe que el tenis seguirá gozando de buena salud. Medvedev dejó de ser una ucronia.