A partir del lunes el Abierto Francés presenta un interesante cuadro en la rama femenina.


Para los que crecimos mirando tenis femenino de principios de los noventa, posiblemente todo nos parezca poco. Pero lo cierto es, que este Roland Garros tiene uno de los más atractivos cuadros principales de los últimos años.

Este fenómeno, tiene una razón. El tenis femenino comienza a hacerse más heterogéneo. Ya no son todas rubias de dos metros tirando bombas sin sentido. Las chicas han evolucionado en los últimos dos años, lo que no lo habían hecho en diez.

Hay nombres nuevos, hay otra forma de jugar, y entre los partidos de Nadal y Djokivic, uno puede invertir un poco de tiempo en mirar a jugadoras como Ashleigh Barty, Caroline García o Madison Keys.

En este Abierto Francés, también hay lugar para la nostalgia, porque los clásicos son los clásicos; Sharapova, Kutnetsova, Azarenka y las hermanas Williams. No es casualidad que las calles de Paris y Londres, estén empapeladas con gigantografías que dicen: “la reina es negra”, en clara atribución a la vuelta de Serena.

Evitando comparaciones odiosas, podemos ver la intensidad de Simona Halep, o chicas que combinan juego y belleza como lo hace Wozniacki o Svitolina, están las que sacan como Pliskova o jugadoras estratégicas como lo es Kerber. Hay para todos los gustos muchachos.

Es tan nutrido el grupo de jugadoras de mediana edad, y están tan poco vistas, que uno, puede ver partidos no tan predecibles, como los que se ven en varones. Es verdad que un partido entre Muguruza y Kvitova, no es un canto a la diversidad de estilos. Pero no se den por vencidos, hay combinaciones que hasta un Thiem o Nadal envidiarían.

El mundo está sintiendo el poder femenino, los tiempos están cambiando, no solo juegan bien, no solo son bonitas, son mujeres, tienen personalidad. Y como se dice vulgarmente, quien mejor para hacer dos cosas bien a la vez que una mujer.