Ash Barty no decepcionó, se quedó con el título en el Abierto de Australia y se recibió como la nueva heroína del tenis de su país tras más de cuatro décadas.


De rostro tranquilo, con semblante pacífico, y con el temple en lo alto, ardiendo desde adentro. La presión era mucha, llegaba al techo de la Rod Laver, pero su semblante parecía no estar aturdido. Eran 44 años los que la historia dictaminaba, más de cuatro décadas de espera y de desespera para el tenis australiano, para una nación portadora de quizás, los nombres más representativos de los comienzos del deporte blanco.

Con todo eso, Ash Barty tranquilamente se hubiera quebrado, pero al parecer, está diseñada para esto, para estar parada allí, sosteniendo en sus hombros las ganas y la ebullición devoradora de las tribunas, de varias generaciones que clamaban una campeona. Y sin desentonar, no hubo decepción.

Ashleigh Barty, la jugadora del momento, con un inigualable perfil bajo que contrasta con su tenis de alto vuelo, ese que en esta semana hizo que ganará el Australian Open sin perder sets, ese que en lo que va de la temporada 2022 la mantiene invicta en 14 partidos. Ese que a simple vista, es muy difícil encontrarle falencias. Ese mismo que ya la hizo ganar finales de Grand Slam (tres sobre tres jugadas) en las tres superficies distintas que rigen en este tipo de torneos.

Al igual que Andy Murray en Wimbledon 2013, Barty acaba de derrotar no sólo a Danielle Collins, sino que también, a un basto lustro de años y años donde Australia buscaba incesantemente en retornar a una jugadora local al trono que tanto anhelaban. A un lugar de inmortalidad donde continúa afianzándose de cara al inicio de un año en el que promete ser la dominadora absoluta, con un silencio mediático que para nada destiñe su juego, y con una forma inusual de manejar la presión que es muy necesaria en el circuito femenino. Barty Party, se festeja en Melbourne.

Foto principal: Aus Open